lunes, 10 de mayo de 2021
SARDINAS ASADAS SOBRE BASE DE HUMUS CON ACEITE DE TRUFA
lunes, 26 de abril de 2021
BERENJENAS FRITAS CON MIEL Y SALMOREJO CORDOBÉS
Esa etapa fue muy feliz para nosotros. A pesar de que el trabajo era intenso tanto dentro como fuera de casa, la alegría y la felicidad se paseaban un día sí y el otro también por nuestras vidas. No son menores sus visitas en estos momentos, pero otros invitados menos placenteros han asomado por nuestra puerta en estos últimos tiempos que han hecho cambiarlo todo. La vida es así y así se va viviendo. Como todo el mundo. Ya no somos los que éramos en número y eso marca un antes y un después en la vida de todos nosotros.
Volviendo a aquellos años, como corresponde a un cargo de responsabilidad dentro del mundo de la farándula, a mi santo esposo le invitaban a muchos actos, eventos, charlas, entregas de premios, viajes, etc., etc. A este hombre mío le gusta ir conmigo a todas las cosas y yo, más tranquila, escojo a las que ir.
Mi relación con la feria de Sevilla es un poco ambigua. Siempre he pensado que es una feria elitista donde quien no tiene caseta está muy excluido del ambiente. Y la caseta no es sólo para tener un sitio donde estar y no andar peregrinando por esas calles de dios con nombre de toreros, no. Fundamentalmente y para mi cabeza particular, es necesario tener una caseta para agradecer como corresponde la amabilidad y hospitalidad de los amigos que con tanto cariño nos invitan a las suyas. No tener caseta, me da la sensación, es como que te niega el derecho a divertirte con tranquilidad. Pero además, tener caseta no es nada fácil. El caso es que cuando voy me divierto mucho, pero debo reconocer que voy poco. Habréis deducido que no somos de la élite que tiene caseta.
En aquellas ferias, dos semanas antes de la noche del alumbrado, recibíamos en casa la tarjeta VIP (siempre he odiado esas siglas) de, entre otras, la caseta de la Cadena Ser. Una caseta muy divertida y en la que casi cada día se coincidía con "gente importante", esa gente que vemos en periódicos y televisiones, escuchamos en radios o aparecen en las revistas del corazón.
Pues bien, allí que vamos una de aquellas noches en la que pudimos colocar a las niñas. Nos esmerábamos por ir guapos. Quedábamos con amigos, compartíamos casetas hasta altas horas de la madrugada. Bailar, reír y charlar. Alternar y conocer a gente nueva. La diversión estaba asegurada porque la necesidad de salir de la rutina era mucha y las oportunidades, muy pocas.
Es muy curioso cuando la gente te considera "importante". Bueno, a mi no, a mi Santo, yo era la consorte del importante. Se ve el plumero de muchas y de muchos y a mí me hace mucha gracia porque a cada paso que das es como si tuvieras que mostrar tu curriculum vitae para que el personal se ubique y sepa cómo tratarte. En una de esas estábamos cuando llevábamos en la caseta de la Cadena Ser un sin fin de horas bebiendo manzanilla. De pronto me presentan a un chico con el que pego la hebra y me que me dice que él es israelita. Mi primera sorpresa es encontrar a un israelita en la feria de Sevilla que hablara tan bien el andaluz, oye, pero mira, mi cabeza estaba a esas horas dispuesta a aceptarlo todo. No sé qué me entra por dentro que no puedo reprimir mi crítica, con mucha educación, eso sí, hacia quienes fueron tan perseguidos que debieron instalarse en los confines del mundo y que ahora, después de haberse hecho tan poderosos, sean tan malvados con los palestinos.
Yo veía que el chaval me iba sirviendo más manzanilla, que él bebía de su copa y que, con el ruido de la música y la gente bailando, me decía muchas veces que no me entendía. Y yo, pues más gritaba y al gritar más, más envalentonada que me sentía, mira, hasta que me dí cuenta de que no era ni el sitio ni el momento de seguir hablando de ese tema. Con mucho cariño y educación le emplazo a continuar nuestra charla en cualquier otro momento que coincidamos.
A todo ésto, mi Santo iba y venía, me preguntaba que si estaba bien y cuando ya por fin el pobre muchacho pudo deshacerse de mi envite, contándole a Mingo la conversación, veo que se echa a reír y que no para en un buen rato. "- Este hombre, que es mi amigo, no es israelita, te ha dicho que él es el representante de Israel Galván", un bailaor de flamenco muy moderno e innovador al que yo, por aquellos entonces, no conocía. Pobrecito, en su afán de resultar simpático había dicho lo de israelita creyendo que todos allí sabíamos a qué se refería.¿Os podéis creer la vergüenza que paso cada vez que he vuelto a verle?
Pues eso, que a pesar de mi relación rara con la feria de Sevilla, no escatimo en recomendaros que vengáis a disfrutarla, yo sigo haciéndolo, poquito, con moderación y con menos manzanilla, pero me siguen gustando sus mujeres vestidas de flamenca, sus calles adornadas, el paseo de caballos, la música, el color y el olor de esta bendita tierra que nos acoge a los que llegamos de fuera intentando entenderla, intentando entendernos.
Segunda feria que termina sin pisar el real...
INGREDIENTES:
1 berenjena
1/2 litro de salmorejo cordobés
3 ó 4 cucharadas de miel de caña (yo he usado miel casera)
Aceite de oliva virgen
Sal
Comino
2 clavos
1 vaso de leche
Maizena
PREPARACIÓN:
Ponemos la leche en un cazo con los clavos y el comino. Dejamos hervir unos minutos, apartamos y dejamos enfriar.
Cortamos la berenjena en bastones que colocamos sobre la piedra de la encimera con un poco de sal para eliminar con el sudor un poco de la acidez.
Cuando la leche esté fría, introducimos los bastones de la berenjena en la leche y los dejamos al menos 1 hora.
A la hora de comer, escurrimos la berenjena, pasamos los bastones por maizena y freímos en abundante aceite bien caliente. Escurrimos en papel de cocina.
Emplatamos poniendo los bastones en una bandeja y rociándolos de miel de caña. Los acompañamos de un cuenco con salmorejo para mojarlos. Listo!!
domingo, 11 de abril de 2021
ATÚN CON ALIÑO ESTILO PUNTA UMBRÍA
Resiliencia: Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos .
2. Capacidad de un material , mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido
Sororidad: Amistad o afecto entre mujeres.
2. Relación de solidaridad entre las mujeres , especialmente en la lucha por su empoderamiento.
Empoderamiento: Acción y efecto de empoderar
(hacer poderoso a un desfavorecido).
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
domingo, 4 de abril de 2021
CHAMPIÑONES RELLENOS DE GAMBAS AL AJILLO
Los dos últimos años en el instituto de mis hijas coincidimos con una señora que venía de Huelva buscando paz a Sevilla. Matriculó a su hijo en el centro en el que durante algunos años y hasta que Candela terminó, mi Santo fue presidente de la AMPA.
Los dos, junto a un grupo de amigos, convertimos algunos objetivos en realidad y participamos como pudimos en la vida académica de un lugar tan viejuno como cómodo por estar en el centro de Sevilla. Es un centro lleno de chicas y chicos nada problemáticos.
Durante los años de "amperos" debimos pelear a cara de perro en algunos momentos con los tan imprescindibles como cabezones profesores y equipo directivo del instituto. Para algunos de ellos era un peculiar cementerio de elefantes en el que pasar sus últimos años de profesión de forma cómoda y sin complicaciones, esperando la jubilación sin intención alguna de complicarse la existencia. Esto chocaba enormemente con quienes pensábamos que los padres deben ser parte activa e importante de la comunidad educativa. Así lo marca la ley y así debería ser. Nunca es fácil. Supongo que para ellos, los profesores, tampoco. A nadie nos gusta que nos invadan nuestra mesa de trabajo con mil ideas que en su gran mayoría son difíciles de conseguir. Pero bueno, esa etapa pasó y con ella nuestra inquietud de tener niñas bachilleres. Ellos, los profesores que aún no se hayan jubilado, allí seguirán dando rodeos e intentando evitar a los nuevos intensos padres que cada año renuevan caras y energías.
Una vez puestos en antecedentes, vuelvo a esta buena señora. Alta, muy alta, fuerte, rotunda. Su sola presencia hacía que escucharla con los cinco sentidos fuera de obligado cumplimiento. Maestra. Sabía todos los pasos a seguir en los protocolos encaminados a atender a niños conflictivos. El suyo lo era y la AMPA, una vía para solucionar esos conflictos.
Entre charla y charla, sobre todo con Mingo, fuimos enlazando una historia dura y complicada. Una separación traumática a la que ella achacaba la mala influencia del padre sobre el hijo. Harta de ir de despacho en despacho para solucionar problemas que, siempre según su versión, el padre volvía a provocar en nada de tiempo, decide trasladarse a Sevilla y traer con ella a su hijo. A un chico con problemas si además le añades el sobresfuerzo de adaptación a un nuevo lugar, aunque a veces pueda funcionar, en este caso el cambio no dio buen resultado.
Se inicia de nuevo el periplo de esta mujer de despacho en despacho de Delegación, dirección del centro, jefa de estudios y AMPA, agotando y acotando otra vez las energías de quienes con ella teníamos cierta relación.
Y no es incomprensión, no. Tampoco comodidad, no. Con este chico se iniciaron todos los protocolos habidos y por haber a disposición de padres y profesores sin conseguir demasiados resultados.
Esta señora se compró un piso enfrente de nuestra casa. Coincidíamos mucho por la calle porque ella paseaba a su gran perro y nosotros a nuestra pequeña Mori y, debo reconocerlo, cuando ya nosotros estábamos fuera del instituto, se nos hacía muy pesado hablar de lo mal que le iba todo o que ahora llevaba una época mejor o que el padre había vuelto a convencer al niño para que se volviera a Huelva con él. La escuchábamos, le dábamos nuestra opinión o consejo y cuando nos despedíamos, mi Santo y yo nos mirábamos con cara de decir: "¡¡Señor, que cruz!!".
Este año pasado, con el aislamiento obligado por el covid, desde nuestro balcón veíamos al chico pasear al perro. Muy alto y delgado, el pelo revuelto y aunque hiciera frío, casi siempre iba con unas chanclas como si estuviera en la playa.
Pasamos el verano en el pueblo y a la vuelta, septiembre atropella a octubre y octubre a noviembre. De atropello en atropello nos plantamos en marzo y estamos arriba en la azotea de casa charlando con una vecina y nos cuenta una de las historias más duras que he oído en mi vida.
Cuando a un crimen le ponemos cara, el corazón se encoje, el alma se te viene al suelo y la angustia perturba nuestro bienestar.
Esta señora de la que os hablo, en contra de la opinión de amigos y familiares, se va sola a la playa con su hijo el mes de julio. El hijo mató a la madre asfixiándola con sus manos.
No puedo evitar ver en mi cabeza la mirada de súplica e incredulidad fija en los ojos de su hijo y que, imagino yo, debió preceder a la muerte de esta mujer. Pero tampoco puedo evitar pensar que la vida para ese hijo y todo su entorno será siempre turbia, atormentada, dura, inexistente. Vivir sin vivir. Estar sin estar. Ser sin ser. Él intentó suicidarse pero avisó a su psicóloga de lo que había hecho y de lo que pretendía hacer, dando tiempo a que llegaran los servicios de emergencia para evitar que él muriera, pero ya nada pudieron hacer por la madre.
Estas noticias las vemos en la sección de breves de los periódicos y, aunque nos impactan, claro está, dejas de pensar en ellas en unos días. Este caso, seguro, no lo olvidaré nunca. Cada día paso si no una vez, dos veces por la puerta de esta mujer que cambió su vida, su entorno y sus ilusiones en busca de la felicidad de su hijo. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para darle una vida feliz a una persona enferma de pena. No hay peor enfermedad que esa. El tormento que ha debido vivir ese niño junto a su madre habrá sido terrible. El tormento que ha vivido esa mujer desde que parió al tercero de sus tres hijos hasta su último momento de aliento, debió ser penoso. Un corto camino que para ella seguro que fue eterno, lento, lleno de obstáculos y con un final fatal.
Esta sociedad no está preparada para acoger al diferente. Nosotros no estamos siempre dispuestos a aceptar que lo sean. Se escapa de nuestra capacidad entender ciertas cosas que ocurren más veces de las que creemos. Hay mucha gente que trabaja en estos asuntos. Para ellos va hoy mi agradecimiento porque la psicóloga que atendía al chico, los profesores que le daban clase, sus hermanos, el médico al que acudía, su padre, sus abuelos, todos ellos han debido afrontar esta situación con mucho desasosiego y frustración. Hay cosas que parecen inevitables por mucho que se sospeche un fatal desenlace, pero la inercia de la vida arrollando a veces todo lo que encuentra a su paso, se convierte en la tormenta perfecta que nada ni nadie puede parar.
Pero habrá que seguir comiendo.... Hoy, otra receta de las fáciles....
INGREDIENTES:
10/12 champiñones grandes
1/2 kilo de gambas crudas
Perejil
Sal
1 cayena
Aceite de oliva virgen
1 cabeza de ajos
PREPARACIÓN:
Limpiamos (sin mojarlos) los champiñones quitándoles la capa fina de fuera y el tallo.
Los ponemos en la bandeja del horno o en una plancha, como queráis. Espolvoreamos un poco de sal y aceite por encima y dejamos que se hagan durante unos 20 ó 30 minutos.
En una sartén ponemos aceite de oliva y la pimienta cayena. Picamos los ajos y los echamos en la sartén. Dejamos que se hagan un poco. Sacamos la cayena si no queremos que nos salga muy picante.
Pelamos y cortamos las gambas en trozos. Las echamos en la sartén cuando los ajos empiecen a dorar, le damos una vuelta y apartamos. Salamos. Las gambas se hacen muy pronto.
Cuando estén listos los champiñones los vamos rellenando de gambas y espolvoreamos con perejil fresco recién picado. Listo para comer!!!.
Esta película también ha sido de las que más me ha impactado
viernes, 19 de marzo de 2021
EMPANADILLAS RELLENAS DE MEJILLONES
Uno no elije donde nacer. Sin embargo, sí decide de alguna manera cómo vivir.
Con apenas doce años el campo era su hogar. Corrían los años treinta del siglo pasado. Las calles del pueblo despertaban a un nuevo día despobladas de muchos niños. Los más afortunados podían ir a la escuela o a casa de alguien que les enseñara las cuatro reglas, como decían ellos: leer, escribir, sumar y restar. Perteneciendo a esa gran mayoría de niños que desde que podían trabajaban para ganar su sustento, poco más que la comida del día, aprendió en la más estricta soledad esas cuatro reglas básicas y necesarias para poder desenvolverse en la vida, porque nada odiaba más que no saber hacerlo.
Contando las vacas que debía guardar, al final del día comprobaba que ninguna faltara. En esas lindes que recorría una y otra vez, con frío, calor, bajo la lluvia tenaz o con el viento a favor, muchos propósitos debió urdir, muchas metas debió imponerse. Muchas frustraciones debió transformar en fortaleza y tenacidad.
Cuando el día precede a la noche y la noche al día sin que nada pase, sin que nada altere ese devenir, cuando el otoño da paso al invierno, el invierno a la primavera y la primavera al verano en un proceder lento y espeso, cuando todas esas horas y minutos van pasando sin poder sujetarlas ni cambiarlas en el reloj del crecimiento, todas ellas envueltas en la necesidad concreta de la pura subsistencia, parece que lo normal es entrar en un círculo cerrado, implacable, inexpugnable. Lo extraordinario es salir de él, observarlo desde fuera, analizar lo que dentro existe y, con ese afán propio de personas inconformistas, romper barreras, dejar que fluyan las dos energías, mezclar los diferentes mundos, unir burbujas. Así lo hizo él. De esta manera caminó por la vida. Siempre aprendiendo del pasado y siempre ansioso por descubrir. Siempre formándose como persona, siempre avanzado, siempre siendo él y siempre abierto a cómo eran los demás.
Cada pliegue de sus manos, cada arruga de su tez marcada por el sol, sus uñas siempre con restos de tierra en ellas, los pantalones de pana impregnados del olor a orégano, manzanilla y tomillo, la camisa con los cercos de sudor que denotan el esfuerzo del labrador y esas botas de campo que tanto anduvieron recorriendo cada palmo de tierra que la vista alcanza, cerraban el círculo de su potente personalidad alcanzando con un hilo invisible la gorra chamuscada por las zarzas quemadas para impedir que avanzaran por donde no debían. Esa gorra con el reborde ennegrecido que cubría con elegancia su cabello rubio.
Sus ojos azules rompían con la rudeza de sus vivencias. Su voz tan particular se dejaba oír desde lejos alegre, fuerte y contundente. Y cuando el cante por Antonio Molina o Luis Lucena y su eterna canción "Hermano" se hacía presente, a los que le escuchábamos nos llevaba a un paréntesis existencial donde todo era más fácil, mucho más llevadero, alegre y divertido. Esos cánticos en la era, en la huerta, vareando olivos, en la feria del pueblo, la Carbonera o en la tasca del Carrero, con sus inseparables amigos, José Antonio Cantero, nuestro tío Remigio, los Morato, el señor Francisco Rebollo, el señor Elías el carpintero, el señor José María o el señor José Lavado, eran sus momentos, los suyos de verdad frente a un vaso de vino. Cuando de pequeñas sus amigos nos veían llegar a buscarlo porque la comida llevaba puesta en la mesa más de una hora y él sin llegar, las sonrisas socarronas de todos ellos haciéndole bromas eran dignas de disfrutar.
Ramón es este hombre y este hombre es mi padre.
Cuando la madurez nos sorprende siendo más sensatos con el entorno, el entendimiento y la comprensión nos lleva a la aceptación de la diversidad de formas de ver, entender y vivir la vida. Entendí muy pronto la filosofía de vida de mi padre. Le entendí y admiré desde siempre, creo yo, porque el esfuerzo y la dedicación exclusiva hacia su mujer y sus hijos fue su razón de ser y cuando estas premisas sustentan todo lo demás, es muy fácil que el amor y el respeto fluyan en ambos sentidos. Siempre me sentí querida y respetada por mi padre, en igual medida que yo le respeté y quise. De la misma manera que ahora le quiero y respeto su memoria. Resulta plenamente reconfortante encontrar un punto de encuentro tan plácido y hermoso como el que siempre nos unió. Su valía fue mayor, él supo encontrarse y entenderse con siete hijos. Y amar a los siete por igual. Sin diferencias. Con mucha admiración por algunos y entendimiento y comprensión por los otros.
Felicidades Papá.
INGREDIENTES:
1 bolsa de obleas para empanadillas
1 lata de mejillones en escabeche
1 puerro
5-6 nueces
1/4 de una tarrina de queso filadelfia
Sal
1 huevo
PREPARACIÓN:
Ponemos al fuego una sartén con un poco de aceite y echamos el puerro cortado en trozos muy pequeños. Dejamos que se vaya haciendo a fuego lento para que quede meloso.
Apartamos y añadimos los mejillones escurridos y las nueces cortados en trozos pequeños, el queso y un poco de sal.
Rellenamos las empanadillas, cerramos aplastando los bordes con un tenedor, pincelamos con el huevo batido y al horno a 180 grados hasta que se doren.
Listo!!
martes, 2 de marzo de 2021
PASTEL DE QUESO Y BACON CON MASA FILO
De todo este lío del coronavirus, lo único que he sacado en claro de momento es que la sociedad que hemos creado, la que estamos construyendo los que ahora tenemos la capacidad de hacerlo, es una sociedad tremendamente infantilizada. Me avergüenza haber participado. Me entristece seguir alimentando tal despropósito. Hemos de hacer un análisis profundo de este hecho. Debemos cambiar el rumbo tomado.
A las autoridades les da miedo prohibir, recomendar o ser claros en los datos que aportan cada día sobre el número de muertos, la ocupación de enfermos en UCI o el cierre perimetral de poblaciones.
Los medios de comunicación se ensañan cada día con lo peor de las noticias alimentando el miedo, que no la prudencia, de quienes les escuchan, llevando al terreno social debates que sólo corresponden a los científicos. Como si ahora todos debiéramos ser epidemiólogos, virólogos, estadistas o tener amplios conocimientos en vacunas, haciéndonos creer que sabemos mucho de algo de lo que no tenemos ni idea.
De pronto se convierten en héroes de la patria y líderes reivindicativos un rapero inculto que no hace más que decir sandeces y una facha igualmente inculta embarcada en barbaridades que asustan.
Y nosotros nos desesperamos porque no podemos ir a un bar a la hora que nos apetezca.
En nuestras charlas con familiares o con amigos somos muy prudentes a la hora de abordar temas que puedan dejarnos la sensación de que no hemos aprovechado el tiempo para reír o divertirnos. Esquivamos hablar de política no sea que alguien se moleste, evitamos tratar el mundo "enfermedades" porque, oye, bastante es con la que tenemos encima como para ahora, además, perder el tiempo contando historias que entristecen. Nos cambiamos de acera para no ver la larga fila de personas con carritos de la compra esperando su turno para que alguna asociación les den algo de comida para ese día.
Y en nombre de la pandemia y la crisis económica y social que ha provocado, justificamos un todo que nunca ha sido tan cercano a cada uno de nosotros, porque, si bien hasta ahora todos esos temas que esquivamos eran más o menos generales y poco o nada nos afectaban, hoy por hoy es la realidad que todos y cada uno de nosotros vivimos. Hablamos con demasiada ligereza de depresiones, tristeza, abatimiento y agotamiento. Nos empeñamos en estar mal cuando en realidad es mentira. Una gran mayoría, entre la que me encuentro, vivimos prácticamente igual que hace dos años. A pesar de que nos intenten hacer ver lo contrario, nuestras vidas no han cambiado tanto. Y a pesar de nuestro hastío, debemos ser sensatos y reconocer que sólo llevamos un año en circunstancias especiales. Sí, la espada de Damocles se cierne sobre todos nosotros. El campo minado de bombas que pueden estallar en cualquier momento, está ahí, en cada salida que hacemos o en cada recomendación sanitaria que desatendemos.
Cuando veo a las generaciones más afectadas por este virus, esas generaciones de mayores que han vivido tanto y en circunstancias tan difíciles, no puedo dejar de pensar que nosotros, los beneficiados por el esfuerzo callado de ellos, somos como niños que nos han quitado un juguete.
Cuando escucho en boca de gente admirada y reconocida que los jóvenes de hoy lo tienen más difícil que lo tuvimos nosotros, no puedo por menos que sentir esa tristeza de la que antes os hablaba por haber sido partícipe del resultado de esta locura de sociedad que hemos desdibujado, difuminado, alejado de una realidad mucho más natural y no tan impostada. No es cierto que lo tengan más difícil!!!!.
Hablar de política es sano, educa a quienes participan de la charla, enseña a quien está más alejado de ella y rectifica conductas que son equivocadas.
Escuchar a quien se encuentra mal por una enfermedad, porque un ser querido está mal o porque su vida no atraviesa un buen momento, no es síntoma de debilidad, todo lo contrario. Olvidamos que la palabra, el aliento, la compañía y sobre todo la comprensión y entrega son herramientas que nos legaron nuestros mayores para conseguir una óptima adaptación al medio. Caminar al lado de quien necesita ayuda no solo es una muestra de generosidad sino un motivo de alegría a la vez que siembra un camino de seguridad para quienes nos siguen.
Hay que reconocer y admitir que estamos viviendo unas circunstancias especiales, que una pandemia es una pandemia, que unir un número muy elevado de muertes con un colapso de la sanidad pública es una barbaridad pero, aún así, debemos y tenemos que seguir afrontando el día a día con cierta normalidad relativizando y no cayendo en las redes de quienes ven en estas circunstancias la oportunidad de infantilizarnos aún más. Sin duda alguna para beneficiar al siempre "poderoso caballero es don dinero..."
Pero especial atención debemos poner a la hora de mirar y ver esas colas de carritos esperando un plato de comida. Hacia esas personas deberían dirigirse todos nuestros esfuerzos, toda nuestra energía, porque desgraciadamente este virus a quien más afecta es a quien menos tiene. Los que han perdido sus casas, los que se han quedado sin trabajo, los que antes no tenían ni casas ni trabajos. Esa pequeña parte de la sociedad de la que nos olvidamos con mucha facilidad. Dejemos ya de pedir más para nosotros y pidamos más para ellos. Nosotros, la gran mayoría, seguimos igual. Estamos bien. Vivimos bien. Ellos no. Ellos han empeorado sus ya pobres vidas.
Y nosotros seguimos pendientes de si nos van a dejar movilidad entre comunidades o entre países en semana santa.... Una actitud muy adulta, verdad?
INGREDIENTES:
12 hojas de pasta filo
200 gramos de bacon
200 gramos queso feta
200 gramos queso cheddar
100 gramos queso gouda
50 gramos de parmesano
4 huevos
200 ml. leche
200 ml. nata
Orégano
Nuez moscada
Aceite, sal y pimienta
PREPARACIÓN
Desmenuzar el queso feta y rallar todos los demás. Mezclarlos en un bol.
Cortamos el bacon en dados pequeños y lo rehogamos en una sartén con un poco de mantequilla.
Untamos un molde de horno con aceite, ponemos una hoja de pasta filo encima, pincelamos con aceite, otra hoja encima y así hasta cuatro hojas juntas. Todas pinceladas con aceite.
Añadimos la mitad de la mezcla de quesos y la mitad del bacon. Colocamos otras cuatro hojas de pasta filo pinceladas cada una con aceite encima de la masa, echamos la mezcla de queso y bacon restante y terminamos con otras cuatro hojas de pasta filo pinceladas con aceite.
Cortamos el pastel en trozos a vuestro gusto.
Precalentamos el horno a 180 grados.
Batimos los huevos y mezclamos con la leche y la nata. Salpimentamos y añadimos una cucharada de orégano y nuez moscada rallada en el momento a vuestro gusto. Batimos y vertemos la mezcla en el molde de forma que penetre bien en todo el pastel por los cortes que hemos hecho.
Hornear unos 35/40 minutos. Servir caliente, aunque frío también está bueno y es una buena opción para llevar un día de campo.
martes, 23 de febrero de 2021
GUISO DE PATATAS CON HUEVO Y ACEITE DE TRUFA
Caer en contradicciones es humano y quien no quiera reconocerlo o admitirlo, deja de ser un poquito humano para convertirse en un poquito más cabezón.
Hace diez años la Feli de entonces estaba bastante más ocupada que ahora en la crianza de las niñas y el trabajo. Uff!!, pienso en aquellos años y parece que nunca fuimos así, que lo que siempre hemos sido es lo que ahora somos. La Feli de entonces también era de las que decía que "en mi casa no entra un animal"... Pero la Feli de hace diez años recibe un buen día una llamada divina que hace que de forma totalmente irrefrenable tengamos que tener en casa un perro. Llamo por teléfono a mi Santo porque estaba trabajando y no podía esperar a que nos viéramos o tal vez porque no quería ver su cara cuando le revelara mi interés y consiguiente petición: "¿Mingo, qué te parece si este año le pedimos a los Reyes Magos un perrito para las niñas?". Podemos imaginar la cara que pondría porque se hizo un silencio y al cabo de unos minutos empieza a reír y a decir que nunca dejaría de sorprenderle.
Es fácil convencer a mi Santo. Mori se llama el resultado. Una teckel arlequín de pelo corto.
En casa de mis padres siempre ha habido perros. Sigue habiéndolos. Pero los perros estaban en el campo y las personas en las casas. La relación que teníamos con ellos era muy agradable pero en casa nunca entraban. No tuve que mentalizarme en absoluto de que a partir del momento en el que Mori estuviera con nosotros sería otra ocupación y preocupación más en nuestro hogar siendo debidamente consecuente con la decisión tomada. Sin embargo, a día de hoy, debo decir que ha sido una de las decisiones que más satisfacciones nos ha dado y no tanto por la perra como por la felicidad de mis hijas. Para ellas que tenían 11 y 9 años entonces, estos diez años cuidando a Mori, queriéndola, jugando con ella, disfrutándola y sufriendo cuando se pone enferma, han sido años muy felices. Nunca olvidaré sus caras el día de reyes por la mañana cuando de una caja de regalo sale Mori tan pequeñita y con esos ojos tan bonitos que tiene mirándonos un poco desamparada y asustada.
Pues bien, Mori ha sido y sigue siendo un trabajo más en la casa. Hay que limpiar más, hay que cuidarla, darle de comer, sacarla todos los días a pasear, llevarla a la veterinaria, etc. En igual medida o quizás más, también es una alegría y una perfecta compañera. Hace unos días empezó con vómitos y diarrea. Ay señor, qué fatiguitas me dá!!!! Yo quiero mucho a Mori, pero tampoco soy de las que permite que se meta en las camas o que no haga vida de perra. Es un miembro más de la casa pero no es un humano más. Ella tiene su espacio y nosotros el nuestro. Ninguno invadimos el espacio del otro. Así hemos conseguido que la convivencia sea lo más llevadera posible.
Parece ser que Mori ha tenido una gastroenteritis o quizás la covid de los perros. El caso es que como la vio la veterinaria un poco chunguilla, nos pidió hacerle una analítica porque creía que podría tener problemas de tiroide. "Como mi mujer", le dice Mingo sonriendo, a lo que ella contesta que si en algo se parecen los animales a sus dueños es en las enfermedades. Nos dio la risa.... Pero bien que nos reímos!!!!. Madre del amor hermoso..... Una no para nunca de aprender.... Parece que no es tiroides, pero sí otra enfermedad hormonal. Nada importante....
Esta es nuestra perra, Mori, recién llegada a casa y ahora.
INGREDIENTES:
1 kilo de patatas
2/3 ajos
2 tomates maduros
1 pimiento verde
1 pimiento rojo
1 cebolla
1 huevo por comensal
1 cucharada de pimentón de la Vera
1 hoja de laurel
Un poco de perejil
Caldo de verdura
Aceite de oliva virgen
Aceite de trufa
Sal
Pimienta negra
PREPARACIÓN:
Lavamos las patatas, las pelamos y las cortamos en rodajas no muy gruesas. Pelamos los ajos y la cebolla, lavamos los pimientos y retiramos las semillas y cortamos todo en dados pequeños. Los tomates los rallamos.
Ponemos una olla al fuego con un poco de aceite añadiendo la cebolla y los pimientos, rehogamos unos minutos y echamos los ajos. Dejamos un momento y ponemos la cucharada de pimentón y el tomate rallado. Movemos bien y dejamos que cueza el sofrito hasta que se evapore todo el agua. Incorporamos las rodajas de patatas y cubrimos con caldo de verdura (si no tenemos, con agua también sale bien). Dejamos cocer hasta que las patatas estén blandas y el caldo casi totalmente evaporado.
A la hora de comer, hacemos cuatro huecos en las patatas y echamos los huevos. Espolvoreamos con sal y la pimienta recién molida y al horno precalentado a 200 grados unos 5 minutos. Las yemas de los huevos deben quedar líquidas y las claras cuajadas. Cuando esté listo, lo sacamos del horno y espolvoreamos el perejil por encima y un chorreoncito de aceite de trufa en cada plato.
El recipiente ideal para este guiso es la olla de hierro que podemos usar a la vez en el fuego y en el horno.








